Poética
Los malditos poetas que sólo escribimos sobre el amor, el sexo y las braguitas
tenemos frases tan tremendas como
tienes esta noche la felicidad intransitable,
porque la trampa en forma de agujero que cubres con el logo de Oysho
me hace partirme las rodillas hasta la invalidez cada vez que rondo tu ombligo.
El resto de poetas nos miran de la misma manera que un cirujano
mira a su hijo en su primer empleo en el McDonald's (también, sí,
también
en el McDonald's en frente de una hamburguesa a la parrilla podría
decirte simplemente
estás de un algodón tan cien por cien que me parece mentira
que cuando te desnudas del todo no me digas al instante
“son diez mil”). El resto de poetas, con sus trozos de lechuga vital
molestando entre los dientes, y yo contigo,
llenándonos los dos la boca de la carne del otro y riendo porque
la palabra ketchup sólo rima con onomatopeyas.
Por eso nunca llegaremos a los discursos de la real academia, nunca
llegaremos a limpiar con nuestro bendito culo el sillón de la I
(latina). No llegaremos siquiera a escribir en un grafiti en la puerta de la RAE
tú y yo somos la Grecia clásica del amor.
(En la puerta de atrás, ya sabes...).
Eso no quita que podamos armarnos hasta las espaldas
y pensar en discursos de investi-dura
en los que recitar de memoria nuestro curriculum vitae,
que en la parte de experiencia profesional (te) dice:
experto de la lengua meteorológica, la que,
como el brazo de un tonto en la tormenta,
cada vez que sale para ver si llueves
vuelve completamente empapada;
soñar con la letra impresa es tan gratis para nosotros y a la vez tan eléctrico
que se convierte en onanismo,
y eso es algo, créeme, en lo que somos expertos desde que nacimos
los malditos poetas que sólo escribimos de amor, sexo y tonterías.
Los de las ediciones de bolsillo,
hermanos de los que dan la vuelta a las etiquetas de las cervezas
y encuentran allí el Poeta en Nueva York, de los que guardan
su ejemplar de Whitman encima de la cisterna del wc porque las puertas
de la Biblioteca Nacional, amor,
pasan más tiempo cerradas que sus (que tus) piernas, de los que
son capaces de recitar solamente cuando están tan borrachos
que cualquier verso alitera en eses.
Poetas menores de aguas mayores,
y tú volviendo de ver a Dios en el espejo.
tenemos frases tan tremendas como
tienes esta noche la felicidad intransitable,
porque la trampa en forma de agujero que cubres con el logo de Oysho
me hace partirme las rodillas hasta la invalidez cada vez que rondo tu ombligo.
El resto de poetas nos miran de la misma manera que un cirujano
mira a su hijo en su primer empleo en el McDonald's (también, sí,
también
en el McDonald's en frente de una hamburguesa a la parrilla podría
decirte simplemente
estás de un algodón tan cien por cien que me parece mentira
que cuando te desnudas del todo no me digas al instante
“son diez mil”). El resto de poetas, con sus trozos de lechuga vital
molestando entre los dientes, y yo contigo,
llenándonos los dos la boca de la carne del otro y riendo porque
la palabra ketchup sólo rima con onomatopeyas.
Por eso nunca llegaremos a los discursos de la real academia, nunca
llegaremos a limpiar con nuestro bendito culo el sillón de la I
(latina). No llegaremos siquiera a escribir en un grafiti en la puerta de la RAE
tú y yo somos la Grecia clásica del amor.
(En la puerta de atrás, ya sabes...).
Eso no quita que podamos armarnos hasta las espaldas
y pensar en discursos de investi-dura
en los que recitar de memoria nuestro curriculum vitae,
que en la parte de experiencia profesional (te) dice:
experto de la lengua meteorológica, la que,
como el brazo de un tonto en la tormenta,
cada vez que sale para ver si llueves
vuelve completamente empapada;
soñar con la letra impresa es tan gratis para nosotros y a la vez tan eléctrico
que se convierte en onanismo,
y eso es algo, créeme, en lo que somos expertos desde que nacimos
los malditos poetas que sólo escribimos de amor, sexo y tonterías.
Los de las ediciones de bolsillo,
hermanos de los que dan la vuelta a las etiquetas de las cervezas
y encuentran allí el Poeta en Nueva York, de los que guardan
su ejemplar de Whitman encima de la cisterna del wc porque las puertas
de la Biblioteca Nacional, amor,
pasan más tiempo cerradas que sus (que tus) piernas, de los que
son capaces de recitar solamente cuando están tan borrachos
que cualquier verso alitera en eses.
Poetas menores de aguas mayores,
y tú volviendo de ver a Dios en el espejo.
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